En la vida cotidiana resulta muy difícil vivir lo que nos enseña Jesús. Cuesta mucho ser misericordioso con aquel a quién le damos el poder sobre nuestra vida para sacarnos de nuestros cabales. Quizás el problema radica en a quién le doy el poder sobre mi para que me genere malestares, domine mis sentimientos y haga detonar esa parte fea y oscura con la cuál todos luchamos días tras día. Por ahí está la clave de todo esto. Porque si antes de trabajar en el perdón y en la misericordia, mejor trabajo en que aquel hermano/a con el cuál choco todos los días, me molesta hasta su sombra, y produce en el pensamiento un recalentamiento a punto fusionar y explorar. Mejor rezar por él o ella, buscar canales de diálogos, o quizás también diciéndole lo que a uno le genera ese modo de ser del otro. Nadie es perfecto, porque así como hay alguien que a mi me molesta, seguramente yo produciré para el alguien las mimas sensaciones. Y si en esta primera instancia se pasaron los límites. Si en la convivencia diaria se generaron chispazos, explosiones y rupturas, es ahí en donde debemos aplicar el protocolo del evangelio, oración, corrección fraterna, revisar en el corazón de uno mismo cuanto hay de cizaña en contra de mi prójimo – y antes de aplicar la “justicia humana”- ejercer la misericordia siendo MISERICORDIOSOS.
Es un verdadero infierno vivir enemistado con todo el mundo. Con el evangelio del Domingo pasado se nos ha enseñado a que estamos llamado a vivir una verdadera vida de cielo aquí en el tierra, y quién escuche la vos de Jesús, el amado del Padre, y ponga en practica sus enseñanzas, seremos reflectores de esa luz que nos viene de lo alto. Pertenecemos al cielo, y tenemos el poder de vivir en el amor ejerciendo la misericordia. Podemos vivir como transfigurado amándonos los uno a los otros como Dios nos amó en Jesús. Es un trabajito de todos los días. Que así sea.