Por todo rendimos cuentas en esta vida y en la próxima también. Y la pregunta es ¿por qué?. Es sencilla la respuesta, porque somos artífices de nuestro propio destino. No habrá paraíso para aquél que teniendo el placer de vivirlo aquí en la tierra no sabe compartirlo con aquél que no tiene la misma suerte. Pero si habrá paraíso para quienes en esta vida lloran lágrimas del desconsuelo, porque en cada una de esas lagrimas se siembra el Reino de Dios que será su residencia por el resto de la eternidad. ¡Podremos nosotros también habitar en el seno de Abraham!. ¿De que manera? A través de los Lázaros que viven en las puertas de nuestras vidas, y ellos con sus lágrimas construirán para nosotros ese paraíso en el Reino de Dios. Sólo a través de los Lázaros alcanzaremos la gloria del cielo. Por eso, hoy Jesús nos invita a escuchar la Palabra de Dios que nos invita a abrir nuestros ojos para ver a nuestros Lázaros y descubrir que en ellos se encuentra esa escalera que nos conduce al Cielo. Y ¿Quiénes son nuestros Lázaros?. Serán todos aquellos que no nos conviene para nada relacionarnos. Serán aquellos nadie daría ni un centavo porque quizás desde nuestra mirada “no se los merece”. Son aquellos a quienes vivimos criticando porque no se ajustan a nuestras ideas, creencias o convicciones. Son aquellos que me caen mal con tan solo decir sus nombres. Son aquellos que nos hicieron algún daño difícil de perdonar. Son los molestos, los pesados, los imbancables, los intolerantes. También son los que quizás muchas veces hasta la misma religión los segregan por no tener una vida en regla “según así lo demanda los papeles”. Y todos y cada uno de aquellos que signifique “perder algo, o todo” y no “ganar nada”. Que así sea.