En el trayecto de la vida, en este hermoso Camino al Cielo, nos toca vivir distintas secuencias en las cuales nos generan heridas, traumas o dolores. La consecuencia de vivir sin Dios hace que esas heridas o como la quieran llamar jamás sanen. Cuantas cosas que hemos vivido desde niños/as que provocaron heridas sangrantes y que hasta al día de hoy lamentablemente continúan abiertas produciendo verdaderas hemorragias internas ya sea en el corazón, en los pensamientos o en el alma. Muchas personas buscan anestesiar los dolores del alma provocado por estas heridas en distintos caminos que no son los de Dios. Estos caminos pueden ser otras espiritualidades esotéricas como el reiky, buda, hinduismo o brujería, etc… otras más peligrosas como la de no creer en nada y llevar una vida de maldad, y otras peor que es refugiarse en algún vicio como las drogas o el alcohol. Todos estos caminos lamentablemente nos aleja de ese Dios que viene a nuestro encuentro, que camina a nuestro lado y que está a un pacito de fe, y con tocar tan solo el fleco de su manto y aceptarlo como el único que puede sanar esas heridas sangrantes del alma. Hace muy poco un familiar creyente en Dios, aceptó que una persona le hiciera “reiky” para poder dormir mejor ya que había pensamientos rumiantes que no le permite dormir bien. Pensé en ese momento y luego le dije, ¿porque antes de hacer eso que nos está en sintonia con nuestra fe, no te pones en oración, te rezas un rosario o vamos a misa ? así desplegamos todo el poder del cielo para resolver este inconveniente, antes de usar fuerzas que no son de Dios y que pueden tarde o temprano traernos efectos adversos. A veces tenemos más fe en las fuerzas oscuras que no son de Dios que en aquellas que tenemos a mano y que son fundamentales y eficaces como el Rosario o la Santa Misa, y por sobre todo la Misa ya que en esta es el mismo Jesús quién se ofrece en sacrificio eucarístico al Padre por nosotros, ¡no existe una oración más eficaz que esta!. Por eso antes de agravar cualquier hemorragia con doctrinas o fe llamativas o extrañas, vayamos de rodillas hasta Jesús y con fe y humildad pedirle que nos cure y sane como lo hijo con la mujer que sufría hemorragias o como también lo hizo con la hija de Jairo. Hoy Jesús nos dice tomándonos de la mano “Talitá kum”, que significa: “¡Mi niñ/o, yo te lo ordeno, levántate”. “Hija/o, tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda curada/o de tu enfermedad”. Que así sea.