Somos peregrinos caminantes con un destino, el cielo. Nos dirigimos hacia allá, y no lo hacemos solos, sino apoyados siempre en el corazón de aquella persona que Dios pone a nuestro lado. Y el tiempo en el que vivimos, el tiempo ordinario, es propicio para anunciar lo que acabamos de vivir todos como iglesia, anunciar que nos ha nacido el Mesías, el Salvador, y que hoy se encuentra caminando entre nosotros llamando a cada uno por nuestro nombre, para escuchar su Palabra, creer en su mensaje de amor, y anunciarlo a las naciones empezando por nuestro metro cuadrado. Así nos convertiremos en pescadores de hombres, siendo discípulos de Jesús, nuestro amado señor. Que el Dios nos regale su Espíritu para poder aprender en este tiempo ordinario a ser verdaderos discípulos, pescando hombres y mujeres con nuestros testimonio de amor, para el Reino de Dios. Que así sea.