Estamos transitando el segundo domingo de Adviento. En el evangelio del Domingo pasado, teníamos a Juan el Bautista como aquel quién fuera enviado por Dios con la misión de ser un cartel indicador. Juan es quién nos señala al que debemos seguir, a Jesús, al Cordero de Dios. Para seguirlo es necesario muchas cosas, ejemplo: renuncias, luchas, peleas con uno mismo, etc… pero nada podremos lograr si uno no se apoya en la fuerza que viene del cielo. En el evangelio de hoy nos topamos (al menos yo) por primera vez con un hermoso detalle “La fuerza del Señor le daba poder para curar.” La fuerza del Señor, ¡que lindo es detenernos en este hermoso detalle que el Señor nos regala hoy!. Porque si queremos lograr algo en nuestras vidas es necesario abandonarnos a los brazos del Señor para que él sea nuestro impulso. Recuerdo, cuando iba a la escuela, la famosa fórmula de la fuerza F=m.a, fuerza es igual a la masa del objeto (persona), por aceleración (impulso del Espíritu Santo). En resumen la fuerza del Señor en nuestras vidas es aquel impulso que nos dá Dios a través de su espíritu para que en nuestras vidas y en las de los demás podamos disfrutar lo que en el final del evangelio de hoy se encuentra escrito: “Todos quedaron llenos de asombro y glorificaban a Dios, diciendo con gran temor: “Hoy hemos visto cosas maravillosas”. Que así sea.

Daniel Rivas