San Agustín (354-430)
obispo de Hipona (África del Norte), doctor de la Iglesia

Sermón 293, 1-2
“…por no haber creído a mis palabras…” (cf Lc 1,20) “Feliz tú que has creído…” (Lc 1,45)
La mujer de Juan Bautista es una mujer vieja y estéril, la de Cristo es una joven doncella en todo el esplendor de su juventud. Juan es fruto de la esterilidad, Cristo, de la virginidad… El uno es anunciado por el mensaje de un ángel, el otro, por el anuncio del ángel es concebido. El padre de Juan no cree la noticia de su nacimiento y se vuelve mudo. La madre de Cristo cree en su Hijo y, por la fe, lo concibe en su seno. El corazón de la Virgen acoge a Cristo antes con la fe, y luego María recibe el fruto en sus entrañas.

Las palabras que María y Zacarías dirigen al ángel son, no obstante, muy parecidas. Cuando el ángel le anuncia el nacimiento de Juan, el sacerdote responde: “¿Cómo sabré que sucederá así? Porque yo soy viejo y mi mujer avanzada en años” (Lc 1,18). Al anuncio del ángel, María responde: “¿Cómo será esto, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?” (Lc 1,34). Sí, son casi las mismas palabras… Sin embargo, el primero es corregido, a la segunda se le explica. A Zacarías se le dice: “Porque no has creído en mis palabras…”, a María: “he aquí la respuesta que tú pides.” Aún así, son casi las mismas palabras de una parte y de la otra…Pero el que escuchaba las palabras veía también los corazones. Nada le queda escondido. El lenguaje de cada uno velaba lo que pensaba, pero si este pensamiento estaba escondido para los hombres, no lo era para el ángel, o más bien, no lo era para quien hablaba a través de la mediación del ángel.

Daniel Rivas