SAN LORENZO
PROTODIÁCONO DE LA IGLESIA ROMANA
Don Francesco Moraglia
Profesor de teología sistemática
Génova
La historia de la Iglesia nos ha entregado grandes figuras de obispos y presbíteros que han contribuido a ilustrar en el plano teológico y pastoral el significado profundo del ministerio ordenado. Para el episcopado destacan, entre otras, la figura de Ireneo, Agustín, Winfrido-Bonifacio, Bartolomé de Las Casas e Ildefonso Schuster; para el presbiterado adquieren importancia, en la época moderna y contemporánea, Felipe Neri, Juan María Vianney, Juan Bosco, Pedro Chanel y Maximiliano Kolbe. También el ministerio diaconal adquiere contornos más claros si se lo considera a la luz de las figuras de los grandes diáconos. Es el caso, por ejemplo, del mártir Lorenzo, protodiácono de la Iglesia romana que, con Esteban y Felipe, es ciertamente una de las más famosas de la antigüedad.

El diaconado considerado en sí mismo como ministerio permanente no finalizado al presbiterado, decae en occidente después del siglo V –hasta esa fecha era una institución floreciente–, porque a partir de esa época los presbíteros comienzan a sentirse mayormente implicados en la actividad pastoral y de este modo, el primer grado del sacramento del orden es reducido a una simple etapa para llegar al grado sucesivo, a saber, el presbiterado. Entonces se puede comprender fácilmente cómo es que la institución diaconal, en el plano de la reflexión teológica y de la praxis pastoral, haya permanecido inhibida, casi fosilizada.

Ante esta situación, ya en el siglo XVI, trató de reaccionar el concilio de Trento, pero sin éxito. Se debió esperar hasta el concilio Vaticano II, en al segunda mitad del siglo XX, para ver restablecido el diaconado “como un grado particular dentro de la jerarquía”. Y después de esta afirmación, el texto de la constitución dogmática Lumen gentium, también en el n. 29, especifica: “Con el permiso del Romano Pontífice, se puede conferir este diaconado a hombres de edad madura casados o también a jóvenes idóneos, pero para éstos hay que mantener como obligatoria la ley del celibato”” (EV, 1/360).

Pablo VI, en su carta apostólica Sacrum diaconatus ordinem (del 18 de junio de 1967), reafirma que el orden del diaconado “… no debe ser considerado como un puro y simple grado de acceso al sacerdocio; sino que él, insigne por su carácter indeleble y su gracia particular, enriquece tanto a aquellos que son llamados a él y pueden dedicarse ‘a los misterios de Cristo y de la Iglesia’ de manera estable” (EV, 2/1369).

Ya el solo hecho de que en la Iglesia latina el diaconado no se haya puesto en práctica en su forma permanente por un período tan largo –quince siglos–, deja intuir que en el plano de la reflexión teológica y de la praxis pastoral es necesario recuperar el tiempo perdido a través de una reflexión amplia por parte de toda la comunidad eclesial. En efecto, el diaconado permanente constituye un importante enriquecimiento para la misión de la Iglesia.

Obviamente, el restablecimiento del diaconado permanente, autorizadamente solicitado por el último concilio, no puede dejar de producirse en armonía y continuidad con la antigua tradición. Muy significativas son las palabras de la Congregación para la educación católica y de la Congregación para el Clero, en la reciente declaración conjunta (del 22 de febrero de 1998), que se encuentra al inicio de las Normas fundamentales para la información de los diáconos permanentes y del Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros. Estas palabras resultan clarificadoras y sirven para futuras orientaciones. En ellas se dice: “es la entera realidad diaconal (visión doctrinal fundamental, consecuente discernimiento vocacional y preparación, vida, ministerio, espiritualidad y formación permanente) que postula hoy una revisión del camino de formación recorrido hasta aquí, para llegar a una clarificación global, indispensable para un nuevo impulso de este grado del Orden sagrado, en correspondencia con los votos y las intenciones del concilio ecuménico Vaticano II” (Normas fundamentales para la formación de los diáconos permanentes, Directorio para el ministerio y la vida de los diáconos permanentes. Ciudad del Vaticano 1998, pág. 7).

Reanudando cuanto se ha dicho acerca de las grandes figuras de obispos, presbíteros y diáconos que han ilustrado e influido en el ministerio ordenado, determinando su comprensión más profunda, resulta coherente detenerse en la figura del diácono Lorenzo, que con sus vicisitudes personales impulsó a volver a pensar en este grado del ministerio ordenado que, a causa de los acontecimientos históricos mencionados anteriormente, todavía hoy espera ser comprendido plenamente y valorizado. Se trata de dar nueva linfa a un ministerio diaconal entendido como ministerio permanente capaz de expresarse con mayor fecundidad en la vida de la Iglesia.

Las vicisitudes personales de san Lorenzo, archidiácono de la Iglesia de Roma, han llegado hasta nosotros a través de una antigua tradición ya divulgada en el siglo IV. Esta tradición acogida por la Iglesia también ha sido acogida por los textos litúrgicos.

Los hechos más conocidos del martirio de Lorenzo están descritos, con lujo de detalles, en la Passio Polychronii (los actos del martirio de Lorenzo) de la que tenemos tres redacciones (siglos V-VII). Que en este relato existan elementos legendarios es un dato de hecho si bien algunas noticias que aquí se presentan también las conocemos por testimonios precedentes, como el de san Ambrosio en el De Officiis (cf. PL XVL 89-92).

Comencemos, con el intento de ampliarlas, por las breves notas referidas para la fiesta del mártir que –según la Depositio martyrum (del año 354)– se festeja el 10 de agosto. He aquí las expresiones del misal romano: “Lorenzo, famoso diácono de la Iglesia de Roma, confirmó con el martirio en la persecución de Valeriano (258) su servicio a la caridad, cuatro días después de la decapitación del Papa Sixto II. Según la tradición, ya divulgada en el siglo IV, soportó intrépidamente un martirio atroz en la parrilla, después de haber distribuido los bienes de la comunidad a los pobres que consideraba verdaderos tesoros de la Iglesia”. Estas notas concluyen recordando que el nombre de Lorenzo también lo menciona el canon romano.

De este modo, la Iglesia, en sus textos litúrgicos oficiales, hace suya cuanto refiere la antigua tradición que, sin embargo, conoce versiones diferentes. Aquí no deseamos afrontar las hipótesis que recientemente ha planteado la crítica historiográfica que se inclinaría a trasladar la fecha del martirio de Lorenzo al inicio del siglo IV y a caracterizar su figura con líneas diversas de las tradicionales. Por ejemplo, Lorenzo no habría sido español sino romano. A este propósito, el prefacio de la misa XII del Sacramniario leoniano lo presenta como civis romano. Pero, como anota Paolo Toschi, todos estos nuevos estudios, “no excluyen a priori la posibilidad de que en Roma existiera una verdadera tradición, expuesta con evidentes ornamentos retóricos por parte de san Ambrosio acerca de la trágica captura y muerte de san Lorenzo, precisamente por medio del fuego, suplicio que sabe que se infligió en la época de Valeriano, a san Fructuoso y a los diáconos Eulogio y Augurio en Tarragona. Por otra pare, el verbo animadvertere utilizado en el decreto de persecución en la tradición de Cipriano puede referirse también a otras formas de ejecuciones capitales además del ‘degüello’” (Bibliotheca Sanctorum, vol. … 1539).

Aceptamos aquí el dato de la tradición tal como lo refieren los textos litúrgicos, limitándonos a proponerlo de modo más articulado.

De este modo, Lorenzo habría nacido en España, en Osca, pequeña ciudad de Aragón que surge en las laderas de los Pirineos. Siendo joven fue enviado a la ciudad de Zaragoza para completar sus estudios humanísticos y teológicos. Aquí conoció al futuro Papa Sixto II –originario de Grecia– que enseñaba en lo que en aquella época era uno de los centros de estudios más conocidos. Y entre aquellos maestros, el futuro Papa era uno de los más famosos y apreciados.

Lorenzo, por su parte, que un día se convertiría en el jefe de los diáconos de la Iglesia de Roma, sobresalía por sus dotes humanas, por la delicadeza de su ánimo y por su inteligencia. De este modo, se instauró entre el maestro y el alumno una comunión y una familiaridad que con el pasar de los tiempos aumentó y se consolidó. Mientras tanto también aumentaba para ambos el amor por Roma, centro de la cristiandad y ciudad sede del Vicario de Cristo. Por esta razón, siguiendo un flujo migratorio entonces muy vivaz, dejaron España por la ciudad en la que el apóstol Pedro había puesto su cátedra y dado su testimonio supremo. De este modo el maestro y el alumno, precisamente en Roma, en el corazón de la catolicidad, pudieron realizar su ideal de evangelización y misión hasta llegar a la efusión de la sangre. Cuando el 30 de agosto del año 257 Sixto II subió al solio de Pedro –por un pontificado que habría durado menos de un año–, inmediatamente y sin dudar quiso junto a sí a su antiguo discípulo y amigo Lorenzo, a quien le encargó el delicado cargo de protodiácono.

En fin, los dos sellaron su vida de comunión y amistad muriendo a manos del mismo persecutor, separados sólo por pocos días.

De la muerte del Papa Sixto II tenemos noticias en una carta de san Cipriano, obispo de Cartago. Cipriano, hablando de la situación de gran incertidumbre y estrechez en que se encontraban las Iglesias a causa de la creciente hostilidad hacia los cristianos, escribe: “El emperador Valeriano envió al senado a su rescripto con el cual decidió que los obispos, los sacerdotes y los diáconos sean ajusticiados…”. Y el testimonio de Cipriano continúa: “… Os comunico que Sixto ha sufrido el martirio con cuatro diáconos el 6 de agosto, mientras se encontraba en la zona del cementerio. Las autoridades de Roma tienen como norma que cuantos son denunciados como cristianos deban ser ajusticiados, mientras sus bienes son confiscados en beneficio del erario imperial” (Carta 80; CSEL 3, 839.840).

El cementerio al que alude el santo obispo de Cartago es el de Calixto, donde Sixto fue capturado mientras celebraba la sagrada liturgia y donde fue sepultado tras sufrir el martirio.

En cambio, del martirio del diácono Lorenzo tenemos el testimonio de particularmente elocuente de san Ambrosio en el De Officiis (1 41, 205-207), reanudado por Prudencio y san Agustín, y después por san Máximo de Turín, san Pedro Crisólogo, san León Magno y, en fin, por algunas fórmulas litúrgicas contenidas en los Sacramentales romanos, en el Misal Gothicum y en el Ormionale Visigótico (Bibliotheca Sanctorum, vol. …, 1538-1539).

Primero Ambrosio se explaya sobre el encuentro y sobre el diálogo entre Lorenzo y el Papa, después alude a la distribución entre los pobres de los bienes de la Iglesia y, en fin, menciona la parrilla, instrumento de suplicio, remarcando la frase con que el protodiácono de la Iglesia de Roma se dirige a sus torturadores: Assum est (…) versa et manduca (cf. Bibliotheca Sanctorum, vol. …, col. 1538-1539).

Y precisamente del texto ambrosiano del De Officiis (cap. 41, nn. 205-207), conmovedor por su intensidad y fuerza expresiva, tomamos como referencia a san Ambrosio cuando se expresa con las siguientes palabras:

  1. “… san Lorenzo … al ver a su obispo Sixto que era conducido al martirio, comenzó a llorar no porque se lo enviaba a la muerte, sino porque iba a sobrevivir a él. Entonces comienza a decirle en voz alta: “¿Adónde vas, padre, sin tu hijo? ¿Adónde te apresuras a ir, oh santo obispo, sin tu diácono? Jamás ofrecías el sacrificio sin el ministro. Por tanto, ¿qué te ha disgustado de mí, oh padre? ¿Piensas que soy indigno? Comprueba al menos si has elegido un ministro idóneo. ¿No quieres que derrame la sangre junto a ti aquel al que has encomendado la sangre del Señor, aquel al que has hecho partícipe de la celebración de los misterios sagrados? Ten cuidado, que mientras se alaba tu fortaleza, no vacile tu discernimiento. Despreciar al discípulo es un daño para el maestro. ¿Acaso es necesario recordar que los hombres grandes y famosos vencen con las pruebas victoriosas de sus discípulos más que con las propias? En fin, Abraham ofreció a su hijo, Pedro envió antes a Esteban. También tú, oh padre, muestra en tu hijo tu virtud; ofrece a quien has educado, para alcanzar el premio eterno en gloriosa compañía, seguro de tu juicio”.
  2. Entonces Sixto le respondió: “No te dejo, no te abandono, oh hijo; sino que tendrás que afrontar pruebas más difíciles. A nosotros, porque somos viejos, se nos ha asignado el recorrido de una carrera más fácil; a ti, porque eres joven, te corresponde un triunfo más glorioso sobre el tirano. Pronto vendrás, deja de llorar: dentro de tres días me seguirás. Entre un obispo y un levita es conveniente que exista este intervalo. No habría sido digno de ti vencer bajo la guía del maestro, como si buscaras una ayuda. ¿Por qué quieres compartir mi martirio? Te dejo toda mi herencia. ¿Por qué exiges mi presencia? Los discípulos que todavía son débiles preceden al maestro, los que ya son fuertes y, por tanto, ya no tienen necesidad de enseñanzas, deben seguirlo para vencer sin él. Así también Elías dejó a Eliseo. Te encomiendo la sucesión de mi virtud”.
  3. “Entre ellos se libraba una competición verdaderamente digna de ser combatida por un obispo y un diácono: ver quién debía sufrir primero por Cristo. Dicen que en las representaciones trágicas los espectadores aplaudían animadamente cuando Pilade decía que era Oreste, y Oreste afirmaba que, efectivamente, era Oreste, para impedir que Pilade fuera muerto en su lugar. Pero ellos no habrían tenido que vivir, porque ambos eran reos de parricidio: uno por haberlo cometido, y el otro por ser su cómplice. En nuestro caso el único deseo que impulsaba a san Lorenzo era el de inmolarse por el Señor. Y también él, tres días después, mientras se burlaba del tirano, era quemado a fuego lento sobre una parrilla. ‘Esta parte ya está cocida, dijo, gírala y come’. Con esa fuerza de ánimo vencía el ardor del fuego” (San Ambrosio, De Officiis, libri tres, Milán, Biblioteca Ambrosiana, Roma, Città Nuova Editrice 1977, pp. 148-151).

Según el testimonio de san Ambrosio, el diácono se caracteriza por ser:

1) La persona que, constituida sacramentalmente al servicio de la ofrenda (diaconoía), vive su ministerio diaconal expresando en la martyría –supremo testimonio dado por Cristo– el sentido teológico del servicio de la caridad, a través de la acogida de ese amor-caridad superior que es el martirio; 2) la persona que, en virtud del vínculo estructural que lo une sacramentalmente al obispo (primer grado del orden sagrado), vive la “comunión eclesial” mediante un servicio específico al epíscopo, precisamente a partir de la Eucaristía y en relación con ella; 3) la persona que, como consecuencia del sacramento, es decir, en cuanto insertado en el primer grado del orden sagrado, se dedica al servicio de una caridad integral y exhaustiva y que, por eso, no es únicamente una solidaridad humana y social, y así manifiesta el carácter más típico de la diaconía.

Examinemos estas características a continuación, comenzando por:

1) El diácono se presenta como aquel que, constituido sacramentalmente en el servicio de la ofrenda (diaconía) vive su ministerio diaconal expresando en la martyría –supremo testimonio dado por Cristo– el sentido teológico del servicio de la caridad, a través de la acogida de ese amor-caridad superior que es el martirio.

Si la característica principal que identifica al diácono en sí mismo y en su ministerio es ser ordenado por el servicio a la caridad, entonces la martyría –testimonio hasta la efusión de la sangre– debe considerarse como expresión de un amor-caridad más grande, o sea el servicio de una caridad ilimitada. Por tanto, el ministerio de la caridad a la que el diácono está destinado mediante la ordenación no se detiene en el servicio de la Eucaristía, o como se decía una vez con leguaje catequístico, a las obras de misericordia corporales o espirituales, sino que el servicio diaconal de la caridad debe realizarse en la entrega incondicional de sí, hasta la imitación de Cristo, el testimonio fiel por antonomasia (cf. Ap 1, 5; 3, 14).

En el caso de Lorenzo –explica Ambrosio– “el único deseo que lo impulsaba era el de inmolarse por el Señor” (cf. San Ambrosio, De Officiis, I, 41, n. 207). De este modo, mediante el testimonio dado ante sus perseguidores, es evidente que el ejercicio del ministerio diaconal no se identifica aquí con el servicio al prójimo, reducido sólo a las necesidades materiales; puesto que precisamente en ese gesto que expresa un amor más grande por Cristo y que lleva a donar la vida, Lorenzo hace que también sus verdugos puedan hacer realmente “cierta experiencia” del Verbo encarnado que, al final, es el destino personal y común de todo hombre. Este es el servicio teológico de la caridad a la que cada diácono debe tender o, al menos, estar disponible.

Pero esto no significa que el diácono agote en su ministerio el testimonio de la caridad que es, y permanece siempre, vocación y misión de toda la Iglesia. Más bien se desea afirmar que, en virtud de la ordenación, el diaconado lleva en sí, de modo sacramental específico, la “forma Christi” para el servicio de la caridad; es decir un “ejercicio ministerial” de la caridad que se pone en práctica con respecto a Cristo y a los hermanos y que puede llegar a requerir también el don de sí mismo, hasta el sacrificio de la vida. Entonces resuenan claramente las palabras que Lorenzo dirige al obispo Sixto: “En fin, Abraham ofreció a su hijo, Pedro envió antes a Esteban. También tú, oh padre, muestra en tu hijo tu virtud; ofrece a quien has educado, para alcanzar el premio eterno en gloriosa compañía, seguro de tu juicio” (San Ambrosio, De Officiis, I, 41, n. 205).

De todas maneas, es útil reafirmar que el testimonio de un “amor-caridad” más grande, por parte de quien es ordenado, precisamente para el servicio de la caridad, jamás eximirá a la Iglesia-Esposa de ofrecerse a Cristo-Esposo en el don de la “martyría” en el que, más allá de toda reticencia y ambigüedad, se manifiesta el valor absoluto y la unión inseparable que la “verdad” y la “caridad” asumen en la vida del discípulo del Señor (cf. 1 Co 13, 4-5; Flm 4, 15).

A este propósito conviene releer el texto de la Lumen gentium, 42, en el parágrafo que afirma: “Por el martirio, el discípulo se hace semejante a su Maestro, que aceptó libremente la muerte para la salvación del mundo, y se identificó con él derramando su sangre. Por eso la Iglesia considera siempre el martirio como el don por excelencia y como la prueba suprema del amor. Aunque se conceda a pocos, todos, sin embargo, deben estar dispuestos a confesar a Cristo ante los hombres y a seguirlo en el camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca le faltan a la Iglesia” (EV, 1/398).

Ahora –a pesar de la heroica llamada universal a la caridad– un hecho es indiscutible: en la Iglesia existe un específico “ministerio ordenado”, es decir de los hombres sacramentalmente constituidos para el servicio de la caridad;

2) El diácono se presenta como la persona que, en virtud del vínculo estructural que lo une sacramentalmente al obispo (primer grado del orden sagrado), vive la “comunión eclesial” mediante un servicio específico al epíscopo, precisamente a partir de la Eucaristía y en relación con ella:

Esta es la otra característica que se deduce del coloquio entre Sixto y Lorenzo en el cementerio de Calixto. El diálogo pone de manifiesto cómo precisamente en el nexo sacramental que une al diácono y a la epíscopo, el diácono se presenta como “hombre de comunión” exactamente a través del servicio específico al obispo; y además, este servicio se realiza concretamente en el fiel cumplimiento de lo que el epíscopo en virtud de la plenitud del sacerdocio y del gobierno que tiene sobre su Iglesia –siempre en comunión con el obispo de Roma–, requiere a su diácono según las necesidades y las urgencias eclesiales.

En fin, en el ministerio del diácono, todo tiene como punto de referencia el altar, en cuanto en la Iglesia cada cosa, comenzando por la caridad, tiene su origen en la Santísima Eucaristía. Al respecto, he aquí el punto en el que el testimonio de Ambrosio se hace particularmente significativo: “… Lorenzo … al ver a su obispo Sixto que era conducido al martirio, comenzó a … decirle en voz alta: “¿Adónde vas, padre, sin tu hijo? ¿Adónde te apresuras a ir, oh santo obispo, sin tu diácono? Jamás ofrecías el sacrificio sin el ministro… ¿No quieres que derrame la sangre junto a ti aquel al que has encomendado la sangre del Señor, aquel al que has hecho partícipe de la celebración de los misterios sagrados?” (San Ambrosio, De Officiis, 1.41, n. 205 …).

La comunión y el afecto entre el obispo y el diácono, que se manifiestan en la dependencia común y en el lazo común a la Eucaristía, expresan una visión eclesial profundamente teológica que va más allá de las concepciones que humillan y disminuyen a la Iglesia-Esposa a la mera dimensión política y sociológica, equiparándola, de hecho, a una de las tantas instituciones humanas. Por esta razón es necesario liberarse de toda perspectiva laicista que ineluctablemente lleva a perder o a comprometer el sentido y la fuerza regeneradora del Misterio. Porque se corre el riesgo de ver tanto en el Papa, como en los obispos, en los presbíteros y en los diáconos, otros tantos grados de una burocracia infinita similar a la de la administración pública y destinada como ésta a vigilar sobre un vago orden de conjunto.

El encuentro entre el Papa Sixto y el diácono Lorenzo nos invita, si fuera el caso, a cambiar ese punto de vista y descubrir en el corazón de la Institución-Iglesia, siempre indispensable, y de las estructuras eclesiales, igualmente necesarias, la realidad viva y vivificante de la gracia que las anima y, al mismo tiempo, nos invita a descubrir el nexo teológico que las vincula a Cristo, único, verdadero Epíscopo, Presbítero y Diácono. Por otra parte, ya en el Nuevo Testamento –en la Carta a los filipenses (cf. 1, 1) y en la primera Carta a Timoteo (cf. 3, 1-13)– encontramos asociados el obispo y el diácono. Y a continuación su estrecha relación la reafirma la Traditio Apostolica –principio del siglo III, Hipólito de Roma–, donde la gracia conferida al diácono con el rito de la ordenación es definida “simple servicio del obispo”, sin ningún sacerdocio. Pocos años después –a mediados del siglo III, en Siria–, la Didascalia de los Apóstoles presenta al diácono como “servidor del obispo y de los pobres”.

En fin, la relación que une estructuralmente al diácono y al obispo se expresa hoy de manera transparente a través de la liturgia de la ordenación. En efecto, en este ceremonial a diferencia del de la ordenación de los obispos y de los presbíteros, el gesto de la imposición de las manos lo realiza únicamente el obispo que ordena para indicar, precisamente, el vínculo característico y singular que une al diácono y al obispo.

3) El diácono se presenta como la persona que, como consecuencia del sacramento, es decir, en cuanto insertado en el primer grado del orden sagrado, se dedica al servicio de una caridad integral y exhaustiva y que, por eso, no es únicamente una solidaridad humana y social, y así manifiesta el carácter más típico de la diaconía.

Asimismo, Ambrosio en su testimonio nos presenta a Lorenzo como aquel que, en virtud del sacramento recibido, está plenamente entregado al servicio de la caridad en una situación concreta: la Roma imperial del siglo III, mientras arrecia la persecución; y en esa coyuntura, Lorenzo es llamado a realizar, ante la comunidad eclesial y el mundo, gestos concretos destinados a transformarse en otros tanto signos de amor-caridad de Dios, o sea de esa caridad de la que proviene todo y hacia la cual todo se encamina; y precisamente en este servicio, el diácono expresa el ministerio típico de su diaconía que consiste, precisamente, en el servicio de la caridad cumplido en virtud del mandato sacramental; en suma, una animación que se refiere a la Iglesia o a los sectores de la vida eclesial y que se presenta según los caracteres de la catolicidad (kat’olon= según la totalidad, sin excluir nada); la aspiración de este servicio es la totalidad de los hombres sin excepción; el contenido, un bien que responda a todas las expectativas del hombre –espíritu, alma y cuerpo (cf. 1 Ts 5, 23)– excluyendo toda parcialidad y todo carácter unilateral.

Además, en el texto ambrosiano hay una alusión que ayuda a la reflexión: Sixto, ya prisionero, encomienda a Lorenzo, el primero de sus diáconos, la entera Iglesia y se la deja por espacio de tres días: “… A nosotros, porque somos viejos, se nos ha asignado el recorrido de una carrera más fácil; a ti, porque eres joven, te corresponde un triunfo más glorioso sobre el tirano. Pronto vendrás, deja de llorar: dentro de tres días me seguirás. Entre un obispo y un levita es conveniente que exista este intervalo…” (San Ambrosio, De Officiis, n. 206). Lorenzo, en esos tres días, y como diácono, con espíritu de servicio y de obediencia a su obispo –ya arrancado definitivamente a su pueblo–, deberá ocuparse de la Iglesia, de modo que administrará por última vez los bienes de la Esposa de Cristo y lo hará con un esto que encierra la fuerza de una definición y que dice que en la Iglesia todo está finalizado y tiene valor a partir del servicio de la caridad, realidad destinada a permanecer también cuando todo en este mundo haya pasado (cf. 1 Co 13, 8).

A quien mira desde lejos, de modo superficial, este gesto puede parecer exclusivamente relacionado con las necesidades materiales y el tiempo presente. En efecto, se trata sólo de la distribución de bienes materiales y de los pobres. En realidad, el acto que realiza Lorenzo, con espíritu de fidelidad a la misión recibida del obispo y al ministerio eclesial en que se ha constituido, es un acto que lo proyecta y con él proyecta a toda la Iglesia –que le ha sido encomendada hasta el martirio– más allá de la historia, en la escatología, o sea en el “tiempo” y en el “espacio” en que Dios manifiesta la plenitud de su caridad y de su amor.

De este modo, el diácono Lorenzo, ministro ordenado de la caridad, lleva a cumplimiento la tarea que se le había encomendado, no sólo en cuanto sigue a su obispo en el martirio, sino porque a través del gesto con el que dona a los pobres todos los recursos de la comunidad –expresados aquí por los bienes materiales–, manifiesta que en la Iglesia cada cosa tiene valor y está orientada a la caridad si se convierte en servicio a la caridad, si puede transformarse en caridad.

Y este servicio –como recuerda la primera carta a los tesalonisenses (cf. 1 Ts 5, 23)– no sólo se extiende al “cuerpo”, sino también al “espíritu” y al “alma”, lo que se hace evidente con toda claridad en esa oración que –según la Passio Polychronii– el santo diácono quiso rezar por la ciudad de Roma antes de extenderse sobre la parrilla.

Y la ciudad, que le atribuía la victoria definitiva sobre el paganismo, lo eligió como su tercer patrono y celebra su fiesta desde el siglo IV, como segunda fiesta en orden de importancia después de la de los santos apóstoles Pedro y Pablo y elevando, en honor de este santo diácono en la antigüedad y el medievo, treinta y cuatro iglesias y capillas, signo tangible de gratitud hacia aquel que, fiel a su ministerio, había sido entre ellos un verdadero ministro y servidor de la caridad.

Ahora, al término de estas reflexiones sobre el ministerio del “diaconado” entendido sobre todo en su forma “permanente”, podemos decir:

1) Es necesario saber mirar con espíritu crítico todas esas perspectivas –a decir verdad ya superadas– que, de hecho, interpretan y presentan el diaconado como un ministerio que conduce a la clericalización de los laicos y al laicismo de los clérigos, llegando incluso a debilitar la identidad de ambos.

2) El diácono, que se distingue de los obispos y del presbiterio en cuanto no es ordenado “ad sacerdotium, sed ad ministerium”, constituye un grado auténtico de la jerarquía y no se lo debe entender como simple acceso al sacerdocio.

3) El diácono está habilitado al servicio de la caridad en estrecha dependencia con la Eucaristía y la atención privilegiada de los pobres, tanto en el servicio de las misas (obras de misericordia corporales), como en el servicio de la palabra (obras de misericordia espirituales) y permaneciendo abierto al servicio de un amor-caridad más grande: el martirio.

En fin, la institución del “diaconado permanente” representa un importante enriquecimiento para la Iglesia y su misión también con vistas a la nueva evangelización que el Santo Padre pide para el inicio del tercer milenio de la era cristiana. Precisamente la belleza, la fuerza y el heroísmo de figuras de diáconos como san Lorenzo ayudan a descubrir y comprender mejor la peculiaridad del ministerio diaconal.